
Presentado en la Galeria L’imaginaire, Lima – Perú
Un día decidimos dejar de pertenecer a la naturaleza. Reclamamos un espacio que nunca fue nuestro. Para justificar esta elección creamos el progreso, una invitación a negar el pasado y abandonar el presente. Así construimos el futuro de espaldas al entorno natural originario, aquel más antiguo que la gente. Donde el equilibrio entre especies fue crucial para el desarrollo de lo vivo.
¿Podemos abandonar la certeza y permitirnos dudar? // Quiero saber, ¿cuándo desembarcó la naturaleza en el Sur? ¿quién traza las fronteras entre lo natural y lo humano? o ¿cómo se dio sentido al progreso? // Acaso ¿el pasado nos enfrenta hoy? Aquello que un día adoramos ¿ahora nos destruye? o simplemente ¿nos llama la atención? ¿qué nos quiere decir?
Hoy, los fenómenos climáticos, aquella constelación de deidades ancestrales nos recuerdan que no existe un antropoceno, que los ecosistemas no admiten centralismos. Los procesos naturales ocurren en paralelo, dependen de un flujo constante de diálogo, requieren de cooperación entre especies y de la capacidad de construir, alimentar y sostener vínculos afectivos.
¿Cómo podemos recuperar el afecto a lo biodiverso? // ¿Es posible volver a las formas primarias de producción? ¿dejar de exigir productividad a la naturaleza? y ¿a nuestra propia existencia? // Es necesario contar con un espacio que lo permita, entonces ¿cómo garantizar espacios seguros para la revolución? ¿una revolución desde la vulnerabilidad? donde el afecto sea un derecho y deber.
Bueno, materialicemos este espacio ¿qué condiciones deben cumplir? ¿cómo es un espacio comunitario? // ¿Circular? ¿serpenteante? o ¿móvil? En un mundo donde el desequilibrio impera, reconocer nuestros errores y construir a partir de ellos es un acto necesario. Para ello, cuidar, dialogar y observar son acciones que debemos retomar, y solo serán posibles en compañía.





